Clímax, cuando lo estético no choca con lo sustantivo

Cuando le preguntaron a Paolo Sorrentino por qué buscaba siempre la belleza en todos sus trabajos, este contestó que no entendía cómo podía ganarse la confianza de alguien diciéndole que iba a ver algo feo; las películas, en última instancia, tenían que ser epicúreas y rendirse a lo bello. Entender, como Albert Camus, que la belleza nos salvará. Noé hace suya esta tesis y la lleva al paroxismo. Un autor que vuelve a la retórica y a la sustancia del expresionismo abandonando la razón objetiva y abrazando la pasión. Una pista para el espectador: en las épocas donde se rompe con las verdades absolutas, todo esto sale a flote. Pasó en el entreguerras, en el mayo del 68 y está pasando ahora.

‘Climax’ parte de un continuum de la índole de Noé presente en todos sus trabajos, el pestañeo de cámara, la voz complementaria –aquí es la música y los colores que denotan emociones-, la estructura y narración desordenada pero no caótica, el movimiento de cámara que huye del maniqueísmo o los propios planos secuencia que aquí cobran mayor significación y protagonismo llegando a ser elemento constitutivo del film. Además, a los temas ya tratados –drogas, incesto, amor- se les une otros de radical actualidad que conforman el marco posmoderno en el que siempre inserta sus obras; véase la banalización del sexo y del fascismo, la violencia machista o el aborto, el inocente como chivo expiatorio o el papel sobre protector y nocivo en los niños.

Por otra parte, la ambición del director argentino de huir de las obras artísticamente monolíticas sigue estando presente, queriendo crear experiencias en movimiento netamente sensoriales. Allí donde lo moral o argumental se cuenta a través de un viaje, aquí se subvierte haciendo que el viaje se vea propiamente como lo moral (o inmoral) y argumental. Quizá su tercer acto sea el más experimental y donde se regodea en sí mismo, cuando la cámara y sus flip-over se convierten en un actor más y nos impiden que toquemos el suelo; nos pone en una posición incómoda y nos prohíbe escapar demostrando, una vez más, que es un genio de la manipulación en sus películas, siendo totalmente efectivo si tú, como espectador, te dejas embaucar.

Las interpretaciones de ‘Climax’ están abiertas más que nunca. Yo prefiero quedarme con la crítica posmoderna de la sociedad, donde los intercambios colectivos tienen sentido únicamente como algo cósico, externo, y como mero medio para afirmar nuestra individualidad que, en el final inevitable, acaba rompiendo todo lo social. A Noé se le podrá acusar de cínico, pero al final es de los pocos que son capaces de demostrar que el esteticismo no siempre choca con lo sustantivo. Cuando lo posmoderno es ley, viene a decirnos, lo contracultural (expresionista) se vuelve orden.

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