La Favorita, todo por el poder, pero sin el poder

Yorgos Lanthimos se ha ganado a pulso pertenecer a ese grupo de directores idiosincráticos que, con cámara y guión en mano, oprimen y perturban al mismo tiempo; ‘outsiders’ que nos obligan a mirar ciertas realidades surrealistas –si se me permite el oxímoron– que no parecen diferir tanto de nuestra naturaleza humana. ‘La Favorita’constituye una pieza más en el particular cosmos de Lanthimos: aun viéndose pocas veces el mundo exterior, sirve de fábula de nuestras imperfecciones. También es un punto y aparte en su carrera.

Por primera vez el director griego sale de sus ya características distopías para realizar su primer drama de época. Una historia de lujos y brillos aristocráticos que, sorpresa, empieza con un miembro de la burguesía hundiéndose en un fango de heces. Poco sutil, pero francamente certero. Es este núcleo axiológico que trata de aunar poder y humillación, lujo y vejación, lo que se representa en la cadena de protagonistas interpretados por Stone, Colman y Weisz. Un uso de la colocación de estos personajes en pantalla que encarna las relaciones de dominio a lo largo de la película. Insertado todo en una corte real que parece funcionar como retórica mordaz de nuestra estructura social meritocrática y aderezado con unas luchas palaciegas donde, como si de una parodia del despotismo ilustrado fuera, se hace todo por el poder sin el poder.

Las comparaciones, las más de las veces odiosas, acuden a la cabeza de cualquiera. Más allá de una clara inspiración narrativa en la famosa ‘Barry Lyndon’ o un combate hilarante con ecos de ‘Los Duelistas’, ‘La Favorita’ evoca cierto sabor a comedia satírica propia de ‘Tristam Shandy’. Más disenso debo anunciar contra las voces que creen haber presenciado la defunción de cierta ‘Identidad Lanthimos’. Ahí donde algunos ven extravío yo veo una evolución con valentía. Cambios que van desde la cámara y los objetivos –los planos cortos dan paso a grandes angulares- hasta unas actuaciones que parecen haberse liberado de ataduras de anteriores películas. Pasando por un guión que no es firmado por el habitual Efthymis Filippou y sus críticas a la moral e instituciones burguesas.

Bertolt Brecht escribió durante la Segunda Guerra Mundial que “nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad, no pudimos ser amables”. Lanthimos y su filmografía, como una suerte de profecía anunciada, parecen navegar por las tesis del poeta alemán. Una suerte de misantropía que en ‘La Favorita’ tiene una amarga conclusión: el poder no es disputado, es retenido y, en todo caso, transferido. Puede que al final seamos conejos, como ya escenificó Goya en ‘Duelo a garrotazos’, que luchan por un poco de zanahoria y no por la plantación entera.


Escrito por Daniel Vicente Guisado

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